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Woman with sun, moon and inner planets. Paulus Grillandus. Grilandas inventum libri VI. Florence, 1506-1507.

Woman with sun, moon and inner planets. Paulus Grillandus

Después de haber terminado su paso por la tierra, el rey deificado retornaba a la estrella de donde se creía descendía su raza. La adoración de los astros, fué, una forma del culto de los antepasados, única religión de los tiempos en que los dogmas aún no existían. La astronomía fué el primer estudio de los pastores, atentos observadores de las noches serenas de Oriente. Cuando las sociedades estables comenzaron a formarse, la espléndida ordenación estelar, les inspiraron la idea de modelar sobre el orden celeste la jerarquía de los gobiernos. La perspectiva de la nada, la brevedad de la vida les asustaba y empezaron a ensoñar con la inmortalidad. Los patriarcas se asimilaron los primeros, ellos y sus familias, a los siete planetas. De ahí las siete familias primordiales que se encuentran al principio de todas las teogonías:

  1. Los siete Richir de las leyes de Manu, de los que descendieron todos los seres vivientes.
  2. Los siete Amesha Spenta de los persas, como principios ordenadores de la creación
  3. Los Cabiros helenos, corresponden a los planetas y a los días de la semana

Si estudiamos detenidamente cada una de las cosmogonías de los diferentes pueblos del mundo, se observa que las grandes tribus  están representadas por los planetas y los signos zodiacales. Tomando como ejemplo el sistema persa como emanación del sistema caldeo, encontramos en el Bundahishn la siguiente descripción:

“El gran astro Taschter (Júpiter) guarda el Oriente; Satevis guarda el Occidente; Venand preside al Mediodía y Haftorang al Norte. ¿De cuantos soldados no disponen estos astros para combatir? Cuatroscientas ochenta mil estrellas pequeñas se congregan a las órdenes de cada gran estrella. Cuando el enemigo amenaza al Mediodía, el astro Rapitán se encarga de defender este lado”.

Los siete ángeles de los persas presiden: el primero a los astros, el segundo a los rebaños, el tercero a los árboles y a la agricultura, el cuarto a los metales, etc; cada cual está encargado de un verdadero ministerio. La clasificación general de los pueblos ha sido configurada bajo una nomenclatura sideral difundida en las sociedades asiáticas. El sistema sideral se aplicó entonces al mundo espiritual exclusivamente. Las estrellas mensajeras se convirtieron en los ángeles, y los eonos de los gnósticos y los astros vigilantes tomaron el nombre de egregoros o guardianes.

Hacia el año 2000 a.c se produjo una gran revolución que se propagó paulatinamente en la configuración de las modernas teogonías. Entre los sabios de Caldea apareció un hombre cuyo genio se elevó hasta la concepción abstracta de un dios único, suprema inteligencia rectora del universo, que demostró la inanidad del culto de los dioses astros. Abraham fue el gran iniciador del monoteísmo, cuyo dogma, desarrollado por las religiones emanadas del semitismo, conquistó a su vez a las sociedades civilizadas, como antaño, en sus orígenes, hizo el Sabeísmo.

En todos los pueblos de Oriente la cifra doce, correspondiente a los signos zodiacales, ha presidido la clasificación de las tribus divinas y humanas. Entre los hindos los doce Adityas forman la escolta del sol; entre los chinos los doce Cheus, los doce dioses de la tabla asiria, y en los tiempos históricos las doce tribus de Israel.

ímbolos de las doce Tribus de Israel. Detalle de mosaico en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén

Símbolos de las doce Tribus de Israel. Detalle de mosaico en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén

Los doce dioses del olimpo helénico se han derivado en parte del sabeismo original: Apolo, Diana, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, representaron al principio los planetas que llevan su nombre; pero Vulcano-Hefaistos y Hestia o Vesta, pertenecen a otra teogonía en que los reyes y las sacerdotisas del fuego ocupan el primer rango. Además, entre los olímpicos se ve figurar a Neptuno, a Ceres, a Minerva, a Juno que, para encontrar representantes celestes, han tenido que esperar hasta los tiempos modernos. Plutón, como su semejante Satán, ha sido proscrito del cielo estrellado. En cuanto a Saturno, es evidente que como rival de Zeus (Júpiter) no tendrá un puesto en el Olimpo; pero en cambio, obtiene el primer puesto entre los sirios, los etruscos y los latinos primitivos. De la teogonía sideral de Egipto y de Caldea, la mitología helénica apenas conserva la nomenclatura.

El sol y la luna son la fuente de la mayor parte de los mitos antiguos, y que la mayoría de las entidades del politeísmo representan a estos dos astros bajo una muchedumbre de nombres diversos. Cada una de estas luminarias ha sido el símbolo o patrón de un considerable grupo de pueblos muy distintos entre sí, pero relacionados por las afinidades de raza. La familia solar se componía de pueblos originarios de África, egipcios, líbios, etíopes, establecidos en Asia y de naciones que de ellos se derivaron en línea directa. La familia lunar comprendía a los escitas de piel blanca, cabellos blondos, padres de las naciones germánicas, célticas, finesas, iranias. De los múltiples cruzamientos entre ambos grupos salieron los pueblos de Palestina, del Asia central, del Asia menor, de Grecia o de Italia entre otros.

la luna nos es visible debido a la luz que recibe del sol

Sol y Luna. La luna nos es visible debido a la luz que recibe del sol

La profunda diferencia entre las civilizaciones de Oriente y Occidente (debido a una cuestión de raza), ha ejercido su influencia en el simbolismo sideral, gérmen de las religiones futuras. Entre los pueblos de raza blanca, en la que domina desde su origen un individualismo ávido de libertad y desdeñoso formalismo, la personalidad del dios -sol, luna o estrella- que solo conservaba del símbolo su nombre, despojó audazmente la envoltura astronómica para mostrarse en su realidad viviente. Al contrario, entre las naciones en que imperaba la casta y sometidas al régimen sacerdotal, como los egipcios, los caldeos, los judíos, los hindos; el hombre permaneció oculto detrás del símbolo, del cual la teocracia persistió en hacer la inmóvil expresión de la tradición

Moreau de Jonnés. Los Tiempos Mitológicos