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La Gran Fraternidad Esenia existió en el país de Israel hace dos mil años, cuando el Mesías de este planeta encarnó por última vez con el nombre de Jhasua de Nazaret (Jesús el Cristo).

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Era una vasta y poderosa organización espiritual dedicada al bien de la humanidad, a la cual prestaba múltiples servicios de amor desinteresadamente: Enseñanza, ayuda moral y social, elevación espiritual, curación y protección, socorro, sustento, guía, orientación. El nombre de la institución deriva de Esén, hijo adoptivo de Moisés (Osarsip Ra Moses) y su discípulo directo. Él fue quien transmitió las enseñanzas de Moisés y la transmitió a sus discípulos. Lo acompañó al Monte Nebo donde Moisés se refugió durante los últimos años de su vida. En la soledad de esas alturas, convivían juntos, oraban, compartían experiencias. Cuando a Moisés se le cayeron las Tablas de la Ley al bajar del Monte Sinaí, Esén las recogió y preservó por lo cual, posteriormente, pudieron estar cuidadosamente custiodadas en el Santuario esenio de Moab. Esén siguió también a Moisés al Monte Nebo, lo acompañó en sus últimos días, pues fue allí donde Moisés desencarnó y, posteriormente, se construyó el Santuario de Moab. Esén recogió los cinco manuscritos auténticos preservados por él: Génesis, Éxodo, Levítivos, Números y Deutoronomio que Moisés llevaba consigo en su último refugio para evitar que fueran destruidos, tergiversados, tal como vió, internamente, que los sacerdotes hacían.

Ahora bien, los esenios conservaron la lámpara encendida por muchos siglos, es decir, la verdadera enseñanza de Moisés desde la séptima encarnación del Mesías hasta la novena y última. Fueron los precursores que lo esperaban para instruirlo desde niño, protegerlo y ayudarlo. La Divina Sabiduría se conservaba e impartía en los grandes santuarios esenios existentes en el país de Palestina por entonces: Moab, Qarantana, Tabor, Monte Carmelo y Monte Hermón, en los cuales se celebraban festivales espirituales con duración de varios días para compartir la enseñanza y pasar de un grado a otro. Cada grado tenía una duración de siete años, era más práctico que teórico generalmente, basado en experiencias personales. No había agrupaciones monásticas por entonces o “conventos” ni voto de castidad alguno. Según la propia decisión, los estudiantes esenios podían casarse para formar una familia o decidían permanecer célibes. Sus hogares se agrupaban en las proximidades de los santuarios, Quienes así lo deseaban, vivían dentro de ellos, compartían experiencias, dedicaban su existencia al desarrollo de facultades espirituales superiores.

La comida era muy frugal a base de higos, castañas, miel, leche de oveja, queso, pan y algunas hortalizas. Los esenios no comían carne ni pescado. Tenían tres comidas diarias en horarios específicos para ellos. Desayunaban a las siete de la mañana después de salir el sol, el almuerzo era a las doce del mediodía, la cena se efectuaba a las siete de la noche. Había esenios terapeutas con altos conocimientos sobre Medicina, que hacían sorprendentes curaciones y recorrían la comarca para ayudar a la gente. Los santuarios estaban construidos en las grutas de las montañas, acomodadas maravillosamente como viviendas.

Los doce Apóstoles de Jesús eran estudiantes esenios de distintos grados y también lo fueron sus padres, José y Miriam, algunos de sus hermanos y familiares. Desde muy niño, en el monte Hermón, Jesús fue estudiante esenio, atendido muy especialmente por los sabios ancianos. Los primeros cristianos, entre los siglos I y II d.C, eran esenios; pero, posteriormente, fueron perseguidos y llamados “herejes”. En tiempos de Saulo de Tarso y del emperador Constantino, la enseñanza comenzó a ser tergiversada, conducida había lo externo, adornada con rituales. Por entonces, de los sabios Esenios, no quedaba nada ni sobrevivió la enseñanza verdadera dada por Jesús. Nunca el Mesías fundó religión alguna sino que la religión surgió después como creación humana.

por Juan Sebastián Ospina López