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Y de entre las brumas del más remoto pasado vio surgir a Juno, el Mago de las tormentas como le llamaron los hombres de mar de su tiempo a causa de sus audaces correrías por los mares bravíos y peligrosos. Había nacido entre los hielos del norte, en una península bañada por el Mar Sereno (Océano Pacifico) en un pueblo de pescadores de grandes bestias marinas y para quienes no había más mundo ni mayor grandeza que lanzarse a las olas a arrancarles sus tesoros y sus secretos.

Las olas habían tragado a sus padres en un largo viaje y Juno solo desde la niñez, no conoció otro hogar que el barco pescador de un amigo de su padre que le cobijo en su orfandad; que le dio por compañera en la primera juventud a Vestha, su hija casi ciega que nadie tomaría como esposa y que le llevo en dote nupcial un buque ballenero, conque ambos se procurarían el sustento de sus vidas.
Y cuando los hombres afiebrados de codicia se lanzaban al mar para arrancarle sus tesoros y hacían del mar un aliado de sus crímenes espantosos, Juno le decía a su dulce cieguecita toda hecha de amor y de ternura para aquel que la había amado sin que ella lo pudiera ver: Vestha ¿te gusta pescar bestias marinas para enriquecerte?

“Me gusta más escuchar el arrullo de las tórtolas que anidan en nuestros peñascos -le contestaba ella.

“-¡Oye Vestha!… Tú y yo no necesitamos hacer la vida que hizo tu padre y que hacen todos los hombres de este país. ¿Qué haríamos con los tesoros del mar que tanto ambicionan los hombres de esta tierra? El mar tiene otros tesoros que tú y yo iremos a buscar.

-Pero yo no los podré ver -decía ella tristemente.

-Pero los escucharás Vestha porque son como arrullo de tórtolas y como rumor de aguas musicales.

-¿Dónde están?

-En medio de las tempestades, en las noches tenebrosas, entre las costas erizadas de todos los golfos, entre los témpanos de hielo que arrastran los huracanes.

-Juno… tengo miedo de todo ese horror que dices -murmuraba ella apretándose más al tibio rinconcillo junto a la hoguera donde a tientas preparaba los alimentos indispensables.

-¿No sabes Vestha que junto a las bestias marinas hay la pesca de hombres que piensan y sienten como tú y yo, que son cruelmente arrancados al amor de esposas y de hijos, entre las tinieblas de la noche, y cuyas carnes mezcladas a las carnes y grasas de las bestias marinas se convierten en oro para los comerciantes de carne humana? Si yo consigo arrancar de sus garras las victimas inocentes, sus bendiciones y su gratitud ¿no serán para ti como el arrullo de las tórtolas que anidan en nuestros peñascos?

-¡Qué horror y espanto lo que oigo mi audaz marino! ¡Yo soy ciega!… ¿Quien te ayudará en la ruda jornada de salvamento?

-Dios que ve mi corazón y enciende en mi alma tal deseo, que escucha el clamor de los caídos, levantará de entre las olas de este mar en que boga nuestro barco, a los que han de ayudarme en la tarea.

Y un barco náufrago, con sus velas rotas y su arboladura deshecha, con su piloto asesinado por las mismas víctimas de su barbarie levantadas en motín, le trajo a Juno los auxiliares en su obra heroica, de alumbrar las sombrías tragedias de los hombres y del mar. Y desde entonces Juno, en su buque color ceniza recorrió todas las costas donde adivinaba las delictuosas actividades de los mercaderes de carne humana.

Los príncipes y caudillos que aún guardaban respeto a las vidas humanas le tomaron como aliado en la defensa de los pueblos vecinos al mar.

Y las bendiciones y gratitud de todos los salvados por Juno fueron arrullo de tórtolas para la dulce esposa ciega del Mago de las tormentas, salvador de vidas y salvador de almas.

Pero no es la gratitud planta que se aclimata por mucho tiempo en los valles terrestres y pasados catorce años de flotar sobre los mares arrancando víctimas a los mercaderes de hombres, la mayoría de la humanidad encontró injusto que Juno estorbara así las pingües ganancias que hacían muchos magnates en connivencia con los piratas, y sorprendiendo una noche al audaz marino, lo amarraron con su esposa al palo mayor de su buque salvador de hombres, abrieron por el vientre la nave que se hundió en el abismo mientras la dulce esposa ciega decía: “Juno, la maldad de los hombres no me deja escuchar ningún sonido, ningún arrullo de tórtolas. Cántame tú; quiero morir pensando que todo canta en torno mío”

Y Juno, ahogando un sollozo, cantó para arrullar la muerte de Vestha:

Gondolero que te lanzas
Como un pájaro en el mar
Boga, boga hacia el oriente
Que el sol asomado está.

Llega deshojando rosas
Gondolero, llega el sol
Mensajero de alegría y esperanza
Mensajero de la dicha y del amor.

¿No ves que por ti ha vestido
La áurea clámide de luz
Y ha cubierto a la montaña
Con pabellones de tul?

Y ha repujado las olas
Con rosas color de te,
Para que entre ellas deslice
La quilla de tu bajel.

Mensajero de alegría y esperanza,
Mensajero de la dicha y del amor,
Es el sol que ya llega gondolero,
Es el cálido beso de tu Dios.

Y en la infinita inmensidad de Dios se durmieron a la vida física aquellos dos seres bajo las aguas del Mar Sereno que tanto habían recorrido salvando seres humanos condenados a enriquecer con sus carnes a los vampiros de sangre, hartos de placer, pero hambrientos eternamente de oro.

Orígenes de la Civilización Adámica, Josefa Rosalía Luque Álvarez