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Sol naciente

Sol naciente

En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.

Todo tiene su origen en Él; y sin este Verbo no se hizo nada de cuanto existe. En Él estaba la vida y la vida devino la luz de los hombres, y la luz resplandeció en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. Pues la luz verdadera que ilumina a todos los hombres, debía venir en el mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a cada uno de los hombres (a los hombres del Yo vino); pero los hombres como individuos (los hombres del Yo) no la acogieron. Mas los que la acogieron fueron por ella capacitados para manifestarse como hijos de Dios. Los que tuvieron confianza en su nombre, no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad humana, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos escuchado su sabiduría, sabiduría del unigénito del Padre, lleno de consagración y de verdad. Juan da testimonio de él y anuncia con claridad: ―Este era del que yo dije: Tras mí vendrá el que era antes de mí. Puesto que es mi precursor.‖ Pues de su plenitud hemos recibido todos, gracia y más gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estuvo en el seno del Padre, se hizo el guía de esta visión.

Así empieza una de las revelaciones que a mi más me ha abierto los ojos. El Evangelio de San Juan.

Veamos como el Sol, y su luz crística, como la expresión del amor incondicional vesado sobre la tierra, es la verdadera morada de el Logos, éste Verbo Creador, a través de uno de los iniciados más importantes del esoterismo moderno y fundador de la Antroposofía o Ciencia Espiritual, Rudolf Steiner.

Rudolf Steiner

Rudolf Steiner

Vamos a transcribir un fragmento, absolutamente revelador, en el que debemos poner especial atención en el calor que esas palabras nos producen en el corazón y no en el filtro intelectual de la mente densa y materialista.

Capítulo III. La Misión en la Tierra. Página 41.

Lo que el hombre percibe exteriormente cuando el Sol envía sus rayos a la tierra, de modo que la luz le revela toda la existencia terrestre, minerales, vegetales y animales, lo experimenta como la revelación de lo divino. Lo que para la clara consciencia diurna se hace visible y lo que en una amplia extensión forma la tierra es, en sentido del cristianismo esotérico, la revelación material exterior de lo interiormente espiritual. Si dirigimos la mirada al Sol, o sobre lo que vemos sobre la tierra: todo es la revelación de lo divino-espiritual. El cristianismo esotérico lo llama el “Logos” o el “Verbo”. Pues, así como el hombre ha llegado a pronunciar en sí mismo la palabra, así fueron creados, primero, por el Logos, los reinos animal, vegetal y mineral. Todo es una incorporación del Logos; y así como nuestra alma invisiblemente impera en nuestro interior y crea su cuerpo exterior, así también todo lo anímico crea en el mundo el apropiado cuerpo exterior, y se manifiesta a través de lo físico.

Ahora bien, ¿dónde se encuentra el CUERPO FÍSICO DEL LOGOS, a que se refiere el Evangelio?. Tratemos de comprenderlo bien. En su forma más pura, el cuerpo físico exterior del Logos aparece en la Luz Solar exterior. Ella no es meramente luz material, sino que para la visión espiritual es Vestimenta del Logos al igual que el cuerpo físico humano es la vestimenta de nuestra alma. No es posible conocer al prójimo si le consideramos de la misma manera como hoy día la mayoría de los hombres mira al Sol; pues en tal caso no tomaremos en cuenta lo anímico-espiritual del hombre, su alma que siente, piensa y quiere, sino solamente su cuerpo físico.

Y aquí llegamos a lo que he marcado en mi propio libro como un Principio de vida.

Como nuestro cuerpo con el alma, así se relaciona la luz solar con el Logos. En la luz solar fluye espíritu a la tierra, y si concebimos el espíritu del Sol, no meramente el cuerpo solar, comprenderemos que éste espíritu no es nada más que amor que fluye a la tierra. La luz física del Sol no solamente hace brotar las plantas, que sin ella se secarían, sino que con la luz solar física fluye a la tierra el AMOR DE LA DIVINIDAD; y los hombres deben acoger éste amor de la divinidad, desarrollarlo y retribuirlo.

por Ignasi Amat

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