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Jiddu Krishnamurti

Jiddu Krishnamurti (1895-1986) es reconocido internacionalmente como uno de los grandes educadores y filósofos de nuestros tiempos. Nacido en el sur de la India y educado en Inglaterra, viajó por todo el mundo dando charlas, dialogando, escribiendo y fundando escuelas, hasta el final de su vida a la edad de 90 años. Insistía en que no pertenecía a ninguna casta, nacionalidad o religión, y que no estaba ligado a ninguna tradición. La revista Time lo designó  como «uno de los cinco santos del siglo XX», y el Dalái Lama dijo que era «uno de los más grandes pensadores del siglo».

Krishnamurti es, posiblemente, el maestro más aclamado del siglo XX. Con seguridad, el más citado.

Sus libros son un compendio de sabiduría eterna, intemporal. Su mensaje está hoy 
más vigente que nunca.
Krishnamurti influyó en personalidades de primer nivel y de los más diversos 
 
Dedicó su vida a expandir el mensaje de abandonar todo tipo de tradiciones como los nacionalismos, los países, las religiones y cualquier diferenciación entre humanos.
También a abandonar toda búsqueda de gurú o maestros. Nos recordó que sólo podemos seguir nuestro camino porque “la verdad es una tierra sin caminos”.
Y esa búsqueda una búsqueda personal. Un camino que nos lleva por una soledad aniquiladora del ego.
Precisamente el único obstáculo para llegar a la divinidad que uno mismo es, es el yo proyectado por la mente condicionada a traves de nuestra historia personal.
Es decir, mi único obstáculo para iluminarme soy yo mismo. Pero no lo que soy, sino lo que creo que soy.
Y no es tan dificil diferenciarlos, el Yo real, mi esencia no se identifica por mi pasado condicionante. No tiene pasado.
Vive en el eterno presente, la realidad inmediata, donde no hay tiempo lineal.
La mente funciona siempre en base al tiempo. Acumula constantemente todo tipo de informacion en la memoria, y luego en base a esos recuerdos, proyecta un futuro deseado o temido (anhela o teme algo del futuro).
La mente genera pensamientos y estos cuando tocan el cuerpo generan emociones.
Pero los pensamientos tienen una gran limitación, solo pueden hablarnos de cosas del pasado o del futuro.
Nadie piensa cosas acerca del presente.
Ud. no piensa que está leyendo este texto, lo lee directamente, lo experimenta. Y luego de leerlo pensará “He leído un texto acerca de J. Krishnamurti” por ejemplo.
Los pensamientos son exclusivamente acerca del pasado o futuro. Pero nosotros vivimos encerrados en el presente.
Y en este presente es incluso donde esta actividad mental de pensar puede tener lugar.
La mente nos mantiene en un estado de espera. Siempre cree que el momento siguiente es mas importante que este.
Usamos el momento presente, es decir, nuestra vida, que es sagrada, como medio para un fin que se encuentra en una dimensión fantasmal llamada futuro.
La mayoría de la gente vive así. Identificándose con su pasado y siguiendo un futuro. Pero así nos olvidamos de la realidad. Y la confundimos con nuestras interpretaciones 
acerca de ellas. Y la interpretamos siempre de forma condicionada por nuestro pasado.
Por eso miramos el presente con los ojos del pasado. Queremos solucionar algo nuevo con una herramienta vieja.
Y así, a lo largo de la historia, podemos ver claramente como hemos caído siempre en la misma trampa una y otra vez como ciegos.
Yo soy la humanidad, decía Jiddu K.
Esa forma de pensar es como un resumen de su mensaje.
 
Dos videos esenciales donde él habla:
 
Liberarse del ego:
 
 
La vida “religiosa”
 
 
Aquí una web donde se puede leer un libro del él. A la izquierda tienen el índice de los temas:
 
Personalmente siento profunda emoción cuando escucho su mensaje. Dice lo que todos ya sabemos pero lo explica muy muy claramente. Siento profundo agradecimiento a él y a 
todos los que maestros que han podido explicar tan facilmente el problema del sufrimiento humano.
 
Vivi sin esfuerzo. (por J. Krishnamurti)
 
¿Alguna vez se han preguntado por qué, a medida que la gente envejece, parece perder toda la alegría de vivir? Al presente casi todos ustedes, los jóvenes, son bastante felices; tienen sus pequeños problemas, están los exámenes que los inquietan, pero a pesar de estas preocupaciones hay en la vida de ustedes cierta alegría, ¿no es así? Existe una espontánea, fácil aceptación de la vida, un mirar las cosas jovial y dichosamente. ¿Y por qué, a medida que envejecemos, parecemos perder esa jubilosa insinuación de algo que está más allá, algo de mayor significación? ¿Por qué tantos de nosotros, cuando llegamos a la llamada madurez, nos volvemos torpes, insensibles a la alegría, a la belleza, a los cielos abiertos y a la tierra maravillosa?
¿Saben?, cuando uno se formula esta pregunta, son muchas las explicaciones que acuden a la mente. Una explicación es que estamos muy ocupados con nosotros mismos. Luchamos para llegar a ser “alguien”, para alcanzar y mantener cierta posición; tenemos hijos y otras responsabilidades, y tenemos que ganarnos la subsistencia. Todas estas cosas externas pronto nos abruman y, en consecuencia, perdemos la alegría de vivir. Miren los rostros más viejos que los rodean, vean qué tristes son casi todos, qué llenos de ansiedad y más bien enfermos se los ve, qué retraídos, solitarios y a veces neuróticos, sin una sola sonrisa… ¿No se preguntan por qué? Y aun cuando sí se lo preguntan, casi todos parecen satisfacerse con meras explicaciones.
Ayer en la tarde vi una embarcación que navegaba río arriba a toda vela, llevada por el viento del Oeste. Era un bote grande, cargado con leña para la ciudad. El sol se estaba poniendo, y este bote recortado contra el cielo era asombrosamente bello. El botero sólo lo guiaba, no había ningún esfuerzo porque el viento hacía todo el trabajo. De igual manera, si cada uno de nosotros pudiera comprender el problema del esfuerzo y el conflicto, entonces creo que podríamos vivir sin esforzarnos, dichosamente, con una sonrisa en el rostro.
Pienso que es el esfuerzo lo que nos destruye, esta lucha en que gastamos casi todos los instantes de nuestra vida. Si observan a las personas mayores que los rodean, verán que para la mayoría de ellas la vida es una serie de batallas consigo mismas, con sus esposas o sus maridos, con sus vecinos, con la sociedad; y esta lucha incesante disipa la energía. El hombre que conoce la alegría, que es realmente feliz, no está preso en el esfuerzo. Vivir sin esfuerzo no significa que uno tenga que vegetar, que tenga que ser torpe, necio; por el contrario, sólo el hombre sabio, extraordinariamente inteligente, está en verdad libre del esfuerzo, de la lucha.
Pero ya ven, cuando oímos hablar de vivir sin esfuerzo, deseamos ser así, queremos alcanzar un estado en el cual no tendremos lucha ni conflicto; de modo que hacemos de eso nuestra meta, nuestro ideal y nos esforzamos por lograrlo; y tan pronto hacemos esto, hemos perdido la alegría de vivir. Estamos nuevamente atrapados en el esfuerzo, en la lucha. El objeto de la lucha varía, pero toda lucha es esencialmente lo mismo. Uno puede luchar para producir reformas sociales, o para encontrar a Dios, o para crear una relación mejor entre uno mismo y su esposa o marido, o con su vecino; uno puede sentarse a la orilla del Ganges, adorar a los pies de algún gurú, etcétera. Todo esto es esfuerzo, lucha. Lo importante, pues, no es el objeto de la lucha, sino comprender la lucha misma.
Ahora bien, ¿es posible que la mente no sólo advierta de manera casual que por el momento no está luchando, sino que esté por completo libre de la lucha durante todo el tiempo, de modo que descubra un estado de felicidad en que no existe el sentido de lo superior y lo inferior?
Nuestra dificultad estriba en que la mente se siente inferior, y por eso lucha para ser o llegar a ser algo, o para tender un puente sobre sus múltiples deseos contradictorios. Pero no nos entreguemos a explicaciones de por qué la mente está llena de luchas. Todo hombre que piensa sabe por qué existe la lucha tanto interna como externamente. Nuestra envidia, nuestra codicia, nuestra ambición, nuestro afán competitivo que conduce a una eficiencia despiadada, éstos son, obviamente, los factores que originan nuestra lucha, ya sea en este mundo o en el mundo del futuro. Por lo tanto, no tenemos que estudiar libros de psicología para saber por qué luchamos; y lo esencial, sin duda, es descubrir si la mente puede estar por completo libre de la lucha.
Después de todo, el conflicto es entre lo que somos y lo que deberíamos ser o quisiéramos ser. Pues bien, sin dar explicaciones, ¿puede uno comprender todo este proceso de lucha para que llegue a su fin? Como ese bote que se estaba moviendo con el viento, ¿puede la mente dejar de luchar? Por cierto que ésta es la pregunta, y no cómo alcanzar un estado en que no haya lucha. El esfuerzo mismo de alcanzar tal estado, es un proceso de lucha y, por lo tanto, ese estado nunca se alcanza. Pero si observamos de instante en instante cómo la mente queda atrapada en una lucha perpetua – si sólo observamos el hecho sin tratar de alterarlo, sin tratar de forzar en la mente cierto estado al que llamamos “paz” – entonces descubriremos que, con total espontaneidad, la mente cesa de luchar; y en ese estado puede aprender enormemente. Entonces el aprender no es meramente el proceso de reunir información, sino el descubrimiento de las extraordinarias riquezas que se encuentran más allá del alcance de la mente; y para la mente que hace este descubrimiento hay felicidad.
Obsérvense a sí mismos y verán cómo luchan de la mañana a la noche, y cómo la energía de que disponen se desgasta en esta lucha. Si uno meramente trata de explicar por qué lucha, se pierde en explicaciones y la lucha continúa; mientras que si observa su mente en silencio, sin dar explicaciones, si sólo deja que la mente se percate de sus propias luchas, uno pronto descubrirá que llega un estado en que no hay lucha en absoluto, sino una asombrosa percepción alerta. En ese estado de percepción alerta no hay sentido alguno de lo superior y lo inferior, no existe el gran hombre y el hombre pequeño, no existe el gurú. Todos esos absurdos han desaparecido porque la mente esta por completo despierta; y la mente que está por completo despierta es alegre, feliz.
jiddu krishnamurti
por Mariano Gringaus Urrutia